sábado, 20 de julio de 2013

BARCELONA INTERNACIONAL



 Texto y fotos: Cristina M. Sacristán




La impresionante Casa Batlló (Passeig de Gràcia), de noche.
 
 
  Cuando avanza el verano, Barcelona, tan soleada, tan calurosa, se llena de shorts, camisetas de tirantes, sandalias bajas y cómodas, coletas, gafas de sol... Aunque caiga una imponente tormenta nocturna, con múltiples relámpagos y truenos, rabiosos, para las 9 de la mañana ya hace calor otra vez, y ya se han evaporado los charcos... Indudablemente, estamos en el Mediterráneo.

  Visitada por 7,5 millones de turistas al año (datos de 2012), Barcelona es, en muchos lugares del mundo, incluso más conocida que Madrid. Un taxista en New Jersey recordaba con cariño la ciudad condal y "San Sebastian". Un brasileño me hablaba en un trayecto Donostia-Bilbao del gran Gaudí. Es magnética, luminosa, interesante y cosmopolita...



Turistas rusos, boquiabiertos ante la Sagrada Familia.
 
 
 

  Y, especialmente en esta época del año, 'Barna' tiene algo de ONU o Nueva York, con tan diversos colores de piel y de pelo, con tantos acentos... Asiáticos, ingleses, estadounidenses, alemanes... Sentarse en la Plaza de Catalunya a escuchar a los turistas evoca a una academia de idiomas. Algunas mujeres altas y muy rubias se tiran al suelo en el Paseo de Gracia para hacer contrapicados de la fascinante fachada de la Casa Batlló. Cerca, una mujer mulata, bellísima, pasea embutida en un ceñido vestido turquesa y altos tacones, junto a su compañero de piel clara. Me encuentro con una mujer negra, de expresión dulce, en el desayuno de un hostal del barrio Gótico, regentado por unos indios. Procede de la isla Reunión (junto a Madagascar), y su forma de hablar es suave, en inglés y en francés. Sus hijas se ponen bonitos vestidos y sombreros para conocer la ciudad. El recepcionista me orienta cómo llegar a Badalona mejor que algunos oriundos. En el Caffè di Roma, una camarera despista por su aspecto y forma de hablar. Parece... ¿caribeña, canaria? En realidad, su padre es de Marruecos, su madre de Melilla y ella nació en Barcelona. "Desconcierto aún más cuando me pongo a hablar en catalán", cuenta.

  Son ya muchos años constatando cómo miles de personas de muy distintos orígenes van ocupando puestos de trabajo barceloneses, especialmente en hostelería. Incluso por delante de Madrid, y desde luego que el País Vasco. En la Sagrada Familia hay un grupo de rusos, que miran a las singulares torres del genio modernista con asombro. Cerca, un chico de Bangladesh trabaja en un puesto hostelero junto con dos cubanos. Habla de cómo el increíble templo de Gaudí siempre está en obras, y de que en invierno el número de turistas baja. Él se queja de que su español no es bueno, pero se explica a las mil maravillas. Enfrente, unos artistas británicos hacen malabares. En la Plaza Catalunya, una chica inglesa, muy rubia, reparte folletos de Barcelona Flamenco, "las mejores producciones del género" en el Palau de la Música...


Las maletas y los diferentes colores de pelo: paisaje BCN.
 



  Es curioso el contraste entre tal mixtura, tan diversa y multitudinaria -especialmente por el Passeig de Gràcia, la Plaza de Catalunya y Las Ramblas-, y esa forma de abordar que tienen algunos catalanes una conversación. El català es más o menos inteligible para un castellanoparlante, pero seguir una charla no es posible. Hay momentos en que paramos a tomar algo por el centro y el paisaje humano nos retrotrae a un Ámsterdam con sol, donde sólo el 20% de los habitantes son holandeses. En cambio, en Barcelona hay catalanes bastante recalcitrantes, que levantan un muro en torno a ellos para aislarse de esta resonancia cosmopolita. "Esto, en el fondo, es un pueblo", asevera al respecto Elena, una profesora muy viajera.

 Sin llegar a ser tan taxativo, Jordi es un empresario emprendedor que viaja mucho y cuyo hijo está siendo escolarizado en catalán. Le preocupa que no se abra al castellano y al inglés, con fines prácticos y por que "sea abierto". En el metro, siempre leeremos palabras como "Sortida" preferentemente. Eso sucede en Euskadi, donde los letreros no están pensados para las personas foráneas: en primer lugar la indicación es en euskera, luego en castellano y, finalmente, en inglés. Y esto último, sólo a veces. Con lo que cuesta encontrar las combinaciones y destinos, si además no se prioriza un idioma asequible, ¿qué buscamos comunicar al usuario?
 
 
El mensaje de la izquierda no llegará a madrileños, sevillanos, ingleses... ¿Endogamia o falta de olfato estratégico?
 
 
 

  Entre estos pensamientos sobre lo micro y lo macro, va saltando a la vista un anuncio de una organización humanitaria, que llama la atención sobre los niños desfavorecidos. Sus vallas y carteles luminosos invariablemente aparecen en catalán. Cerca, un anuncio turístico pretende atraer a la gente a Barcelona, jugando con mensajes en español e inglés. Sin duda, el primer cartel no va a llegar a los madrileños, sevillanos, italianos o ingleses que transiten por la ciudad condal, mapa en ristre. Pero, si lo que quieren es que el respetable se sensibilice, ¿por qué lanzan siempre el mensaje en catalán?

  Los que somos viajeros nos hacemos a menudo estas preguntas. ¿Para qué sirven las lenguas? En mi opinión, para acercarnos, para llegar, para transmitir. Ahora bien, si sólo queremos comunicarnos en un circuito cerrado, no cabe duda de que algunos muy honrosos idiomas resultan más que suficiente. Una vez comenté con el director de un instituto que Bilbao es raro, que allí no se habla en inglés. "¡Era lo que nos faltaba!", respondió al momento, como si el planeta se terminara en el Cantábrico. Desde luego, noruegos, polacos y croatas tienen claro que aman sus respectivas lenguas, pero que la forma de abrirse al mundo, de funcionar, es dominando el inglés. Y lo llevan a la práctica a diario y fluidamente.

  Puede que tengamos que viajar aún más, puede que tengamos que seguir pensando qué objetivos deseamos; si queremos construir países fuertes, pragmáticos, que sepan colocar en su lugar lo que es secundario o rutinario, para usar lenguajes que abran puertas -económicas, sociales, culturales-.

  Es muy posible que Barcelona, sin darse cuenta, sea ya una Nueva York o un Ámsterdam mediterráneo, resultando más fuerte su mixtura actual que su pasado. O que ambos aspectos puedan maridar felizmente. Pero, desde luego, la mejor receta, creo, debería regirse, sencillamente, por la inteligencia...




 Carteles en el metro barcelonés.

 
Revisar, en los posts y los enlaces de El Tintero, y en el apartado Trabajos - Viajes, otras visiones del mundo



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