domingo, 16 de julio de 2017

LA EJECUCIÓN ANUNCIADA

Texto: Cristina Mtz. Sacristán







  En el periódico Deia me habían puesto a coordinar un suplemento de verano esos días. Era bastante trabajo, y cuando ya me hice a ello me llamó el redactor jefe de Política para decirme que lo dejara todo, que habían secuestrado a un concejal del PP.
   Yo, que ya empezaba a estar harta de explosiones a media noche, de estar cenando en Artxanda y que retumbaran los cristales del restaurante, de cubrir una persecución policial con tiros entre etarras y Ertzaintza, intuí que aquello iba a ser duro.

  Reuniones del gobernador, policía, otros políticos, para ver cómo abordar la cuestión. A mí me producía ansiedad observar la calma con que daban cada paso pues, a esas alturas, 1997, ETA había demostrado que no veía ya vidas humanas, que si tenía que ejecutar lo haría y que había colocado el reloj en una cuenta atrás.
  Así que un par de compañeros y yo cubrimos todo: las ruedas de prensa, las declaraciones, los sollozos en Ermua. Llegó el Día D, ese sábado de calor espeso y sofocante que invadió la macro-manifestación que discurrió por la Gran Vía de Bilbao. Al cabo, en el Ayuntamiento recogí declaraciones, tomé notas, pregunté... Pero todo fue inútil. Todas esas horas, todas esas voces se acallaron, como con un trueno siniestro, en la sobremesa: tal y como habían anunciado, un par de etarras dispararon en la nuca a Miguel Ángel Blanco.

  En Ermua, en ese pequeño pueblo fronterizo, con el calor haciendo todo aún más insoportable, hubo manifestaciones espontáneas por las calles, la gente gritaba o lloraba -o las dos cosas- y la confusión era grande. Una colega no pudo más y se quedó en cuclillas, en shock, llorando con la espalda contra la pared de una de las casas.
  Los que se habían enfrentado al franquismo habían desplegado, con total desprecio y fanatismo, los mismos métodos contra los que habían luchado nuestros abuelos.

  El tiro en la nuca resonaba en cada voz ahogada...

  Al día siguiente, muchos periodistas no quisieron subir a la Capilla Ardiente. Yo decidí ver al concejal asesinado. Hicimos cola y, cuando llegué a su féretro, pude comprobar que su rostro era el de un joven, bastante guapo, todavía con toda la vida por delante, aunque demacrado por la muerte indigna. Las vendas cubrían su cráneo roto, yermo.

  Quise conservar en mis retinas el rostro de Miguel Ángel Blanco, y lo conservo hasta hoy, para no entender nunca el horror. Para no perder mi brújula por caminos oscuros. Para respetar que cada vida humana tiene el mismo valor. Cada vida, cada ser.

  Abajo, entre bastidores, Carlos Garaikoetxea y Josu Bergara tenían lágrimas en los ojos. Jáuregui esbozaba una extraña pequeña sonrisa y, claro, Iturgaiz no disimulaba el recuento de votos en su cabeza: este asesinato de su colega, de su amigo, le iba a dar numerosos réditos, a él y a su partido.

  Asqueada por evidenciar la realidad en las distancias cortas, creo que desde entonces he marcado mi trabajo, mi vocación informativa y mi vida por aquel 10 de julio. Por eso me acerqué tanto al cadáver: para estremecerme lo suficiente como para que la conciencia me perdurar hasta mi vejez.
  Da igual quién dispara, quién ataca, quién golpea. La cuestión es que la violencia es un maldito callejón sin salida. La destrucción sin sentido.



El alcalde, familiares y pareja de Blanco, desrozados ante la ejecución.



  Huelga decir que ese verano, en el que las nubes lloraron y el viento sopló frío en Bizkaia, me fui al sol del Sur de Tenerife, donde me esperaban amigos y el océano azul. Para restañar heridas, persecuciones policiales, bombas, zulos y castigos.

  Porque nada, ni nadie, tiene derecho a jodernos la vida



Para más información: Crónica de la ejecución en el diario Deia (1997)
Mis trabajos sobre Derechos Humanos, recogidos en este blog




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